Nunca la noche fue más oscura,
más dolidas las calles ni más triste la tristeza,
mientras cruzaba de Castilla a Piura
a través del Sánchez Cerro.
“No puede verla, consiga estas inyecciones”
me dijo la enfermera, con esa voz de quien se siente
dueña de la angustia y el pesar de los dolientes.
Cerradas las farmacias, cerrada la noche
y el dolor abriéndose paso entre nosotros.
Un... Dios lo ha querido, pretendía ser el bálsamo
para la temprana ausencia.
Pero... qué saben los dioses del dolor y la partida,
qué del llanto y los ausentes, qué de nosotros los mortales?
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