sábado, 26 de julio de 2008

Nunca la noche fue más oscura,
más dolidas las calles ni más triste la tristeza,
mientras cruzaba de Castilla a Piura
a través del Sánchez Cerro.

“No puede verla, consiga estas inyecciones”
me dijo la enfermera, con esa voz de quien se siente
dueña de la angustia y el pesar de los dolientes.

Cerradas las farmacias, cerrada la noche
y el dolor abriéndose paso entre nosotros.

Un... Dios lo ha querido, pretendía ser el bálsamo
para la temprana ausencia.
Pero... qué saben los dioses del dolor y la partida,
qué del llanto y los ausentes, qué de nosotros los mortales?

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